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De Madrid a Praga

  • Foto del escritor: Comunication La Condamine
    Comunication La Condamine
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Feliz quien, como Ulises, hizo un gran viaje… »

¿Feliz? Sí. ¿Cansado? Muchísimo. ¿Al límite? Digamos… en plena experiencia humana.

Imaginen la escena.

106 alumnos.

Dos maletas cada uno.

Y una misión: cruzar Madrid.

¿Lo ven? Probablemente no del todo. Añadan ahora a varios profesores contando. Recontando. Y, por si acaso… volviendo a contar.

El día empieza tranquilo: buen desayuno, caras todavía medio dormidas y esa ilusión ingenua de que todo será sencillo. Luego llega el momento clave: bajar. Habitación por habitación. Se revisa todo. Nada se olvida. O eso creemos.

Contamos: 106.

Recontamos: 106.

Volvemos a contar… por tranquilidad espiritual.

Y entonces, salida.

La pequeña caravana se pone en marcha por Madrid. Maletas rodando, mochilas, miradas curiosas… y alguna que otra desorientada. De paso, una mirada hacia la casa de Cervantes. Y surge la pregunta inevitable:

¿No somos todos un poco Sancho Panza?

Organizando, anticipando, intentando que todo tenga sentido…

Cuando quizás deberíamos ser un poco más Don Quijote y simplemente dejarnos llevar por el sueño.

De eso trata, en el fondo, este viaje.

Luego, el avión. Y el silencio.

Abajo, las Alpes. Blancas. Inmensas. Casi irreales.

Y aparece el recuerdo: los Andes. Los nuestros. Tan lejos… y tan cerca a la vez.

Llegada a Praga.

Y ahí… el impacto.

El frío.

No un frío cualquiera.

Un frío que se impone.

Que se siente.

Que se respeta.

Y de pronto, en el aeropuerto, se escucha un sonido familiar:

« ¡Ah chachai! »

Una palabra. Una reacción. Una temperatura.

Pero es un frío que despierta, que activa, que nos recuerda que estamos en otro mundo.

Después, el hotel.

Y vuelta a la organización.

No militar… pero casi.

Maletas aquí.

Alumnos allá.

Habitaciones en plena negociación diplomática.

Se crean alianzas, se defienden posiciones, se alcanzan acuerdos históricos.

Y finalmente… el silencio.

Todos en sus habitaciones.

Y en ese momento, una sensación clara:

Qué ciudad. Qué viaje. Y también… qué cansancio.

Mañana saldremos un poco más tarde.

Pero que nadie se engañe: será un día intenso.

Porque Praga no se visita.

Praga se descubre.

Aquí no se trata solo de mirar.

Se trata de observar.

De entender.

De dejarse tocar por cada detalle.

Cada piedra tiene algo que decir.

Cada calle guarda una historia.

Cada rincón abre una puerta.

Así que mañana…

miren bien,

escuchen mejor,

y sobre todo… déjense llevar.

Continuará.









 
 
 

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